domingo, 6 de septiembre de 2026

 DON RAMÓN, UN EXIMIO ESCRITOR Y ESTRAFALARIO CIUDADANO

JOHN J POLO 

 «Es que hay dos clases de carlistas: los otros y yo.

   A los otros ni los miro ni los trato».

                           Ramón María del Valle Inclán (1866-1936)

El Maestrazgo fue, para Ramón María del Valle-Inclán, una eterna asignatura pendiente de la geografía y un triunfo absoluto de la imaginación. Aunque siempre albergó el ferviente deseo de recorrer sus senderos y respirar su historia, la crudeza de su situación personal y los vaivenes de una economía precaria le impidieron pisar jamás el Maestrazgo. Sin embargo, lo que la realidad le negó, el genio lo sublimó: el Maestrazgo permaneció en su mente como la comarca idealizada por excelencia, una patria quimérica hecha de bruma y épica.
Ese territorio indómito, salvaje y puro, acabó convirtiéndose en el corazón latente de su gran Trilogía carlista. Al redactar novelas como Los cruzados de la causa o El resplandor de la hoguera, Valle-Inclán proyectó sobre los valles y peñascos un majestuoso decorado de leyenda medieval. En su fuero interno, aquellas abruptas laderas que nunca vieron sus ojos no eran simples accidentes geográficos, sino el único escenario digno para albergar a sus héroes trágicos, a sus soldados carlistas y a sus batallas crepusculares. Paradójicamente, al no haber estado allí, despojó a la comarca de cualquier vulgaridad cotidiana y la elevó a la categoría de mito imperecedero. El Maestrazgo se transformó así en un territorio sagrado, atemporal e irreal, donde el honor y la tragedia todavía se batían en duelo sobre el papel.

EL HOMBRE QUE CONVIRTIÓ SU VIDA EN EL MEJOR ESPERPENTO DE ESPAÑA 

Hay escritores que se conforman con llenar páginas, y luego está Ramón María del Valle-Inclán, un hombre que decidió que su propia existencia debía ser la obra de arte definitiva. Con su larga barba, su capa al hombro, don Ramón no solo revolucionó el teatro del siglo XX con la invención del esperpento; se convirtió en el personaje más temido, magnético y extravagante del Madrid de la Edad de Plata. Para él, la realidad no era algo que se aceptaba, sino algo que se desafiaba a base de ingenio, orgullo y bastonazos. 

CONDENADO EN MÉXICO, Y CAMBIO DE FISONOMÍA

Ramón María del Valle-Inclán comenzó sus estudios de Derecho por imposición de su padre, aunque su verdadera vocación era convertirse en periodista. Gran apasionado de las armas de fuego, se convirtió en un consumado experto en esgrima gracias a las lecciones que recibía de un maestro italiano afincado en Santiago. Buscando aventuras, viajó a México desembarcando en Veracruz, donde se vio envuelto en graves problemas y altercados. Su fuerte temperamento provocó un sonado incidente y un conato de duelo a pistola con el director del periódico El Tiempo, motivado por agrias disputas periodísticas, rivalidades de honor y fuertes diferencias políticas en las redacciones de la época.

El lance le valió una condena de 15 días de prisión en enero de 1893, pero al ser conmutable por fianza, pagó la multa correspondiente y evitó ingresar en la cárcel. Al regresar en barco a La Coruña, el escritor impactó a todos con una fisonomía radicalmente transformada, luciendo una gran melena y una larguísima barba. Poco después de volver a tierras gallegas, decidió trasladarse a Madrid para cumplir su sueño original y consagrarse definitivamente al periodismo.

ENCARCELADO POR LA DICTADURA DE PRIMO DE RIVERA
Su insumisión no distinguía entre policías de paisano y las más altas esferas del Estado. A finales de la década de 1920, Valle-Inclán se convirtió en un dolor de cabeza constante para el régimen dictatorial del general Miguel Primo de Rivera. El escritor aprovechaba tertulias, teatros y panfletos para ridiculizar al dictador y proclamar su absoluto desprecio por la falta de libertades.
La tensión estalló definitivamente en la primavera de 1929. Tras negarse rotundamente a pagar una multa gubernamental impuesta por sus provocadoras críticas, las autoridades no tuvieron más remedio que arrestarlo y enviarlo durante quince días a la Cárcel Modelo de Madrid. Lejos de amedrentarse, don Ramón aprovechó el encierro para leer y escribir plácidamente en su celda como si fuera un senador romano en su villa. El impacto de la detención fue tal que el propio gobierno de Primo de Rivera tuvo que emitir una nota oficial para justificar el encierro de una celebridad semejante. En aquel comunicado, que pasó a la posteridad de la crónica periodística, el régimen lo definió con un retrato tan acertado como imperecedero: le llamaron, a partes iguales con admiración y fastidio, «eximio escritor y extravagante ciudadano».
 EL CALABOZO Y MULTAS COMO ESCENARIO LITERARIO
 «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza.
En España se premia todo lo malo»
Valle Inclán (1920) 
Su relación con el orden público siempre fue tumultuosa, pero ninguna noche superó a la del 27 de octubre de 1927. Durante una función en el Teatro Fontalba, Valle-Inclán, insatisfecho con lo que ocurría sobre las tablas, comenzó a boicotear la obra a grito pelado desde su asiento. La sala se transformó en un gallinero y el dueño del teatro, desesperado, llamó a la policía. Al ser conducido a la Dirección General de Seguridad, cualquier otro ciudadano habría agachado la cabeza. Don Ramón, en cambio, entró en el despacho del comisario agarrando del brazo al agente que lo custodiaba y exclamó impertérrito: «¡Aquí traigo detenido a este policía que no ha sabido defenderme de un público lamentable!». Aquella distorsión de la realidad —hacer pasar al captor por capturado— fue puro teatro en la vida real. La nota de prensa que emitió la dictadura definiendo a Valle Inclan,le gusto tanto a Don Ramón que se  presentaba ante los desconocidos como «eximio escritor y extravagante ciudadano», y siempre que era detenido por la policía y preguntado por su orientación política respondía : " soy carlista, pero es que hay dos clases de carlistas, los otros y yo, a los otros ni los miro ni los trato."
 El Heraldo de Madrid el 11 de Abril de1929  publicaba :
"También ha dado lugar el eximio escritor y extravagante ciudadano Sr. Valle Inclán a la determinación de su arresto, porque al negarse a satisfacer la multa de 250 pesetas que le había sido impuesta por infracciones gubernativas, con el ánimo de evitarle privaciones de libertad, ha proferido contra la autoridad tales insultos, y contra todo el orden social establecido ataques tan demoledores, que se ha hecho imposible eximirle de sanción, como era el propósito. En estos lamentables incidentes no pueden soslayar las autoridades su intervención, pues hacerlo así conduciría a que, alentada la audacia por la impunidad, el vecindario viviría en continuo sobresalto y no encontraría tranquilidad ni en sus ratos de solaz y esparcimiento. De esperar es que las oportunas sanciones, aplicadas serenamente, sin pasión, pero con constancia, harán eliminar pronto del cuerpo social estos brotes de virus revolucionario que aún almacena, como consecuencia de la agitación de los pasados días, sin que en España se haga preciso acudir a recursos que en otros países se emplean para la corrección de esta clase de faltas, ya que entre nosotros el castigo corporal repugna a los sentimientos nacionales, por lo que lo han prescrito por completo las autoridades.
PELEA EN UN CAFÉ Y AMPUTACIÓN DE UN BRAZO
Su fisonomía de manco, lejos de ser un defecto de nacimiento, fue el resultado de su carácter incendiario. El 24 de julio de 1899, en el Café de la Montaña, en plena Puerta del Sol,  Valle-Inclán se enzarzó en una absurda discusión jurídica sobre un duelo con el periodista Manuel Bueno. Sentirse contradicho en público era algo que el orgullo del gallego no podía tolerar. Al grito de «¡Usted es un majadero!», se levantó blandiendo una botella de agua para romperla en la cabeza de su interlocutor. Al cubrirse con su bastón, Bueno golpeó el brazo de Valle-Inclán con tal mala fortuna que el gemelo del puño de su camisa se clavó profundamente en la carne. La posterior infección y la falta de higiene de la época derivaron en una gangrena. Los médicos tuvieron que amputarle el brazo izquierdo desde el hombro; una carnicería que el escritor soportó sin un solo quejido mientras fumaba un cigarro. Con los años, lejos de amargarse, presumía de su muñón asegurando que escribir le resultaba ahora mucho más cómodo al no tener que sujetar las cuartillas. 
 
 Este recorte de periódico de julio de 1899 recoge una nota de prensa (publicada originalmente en diarios de la época como El Liberal) sobre la famosa disputa (cuestión personal) entre el escritor Ramón María del Valle-Inclán y el periodista Manuel Bueno. El texto detalla que los padrinos de Manuel Bueno (el maestro de armas Guido Paleri y el periodista Vicente Balbás) habían intervenido para acordar las condiciones de honor, llegando a proponer un duelo a sable a todo juego. El duelo nunca llegó a realizarse.
 
 «El periódico La Correspondencia de España publicaba el 11 de agosto de 1899: "El distinguido escritor D. Ramón del Valle-Inclán ha sufrido en la clínica particular del paseo del Cisne la amputación del brazo izquierdo. Cuantos estiman los méritos del joven artista sentirán con nosotros la desgracia y lamentarán profundamente las causas que la han producido. No hay, sin duda, en todo Madrid quien no conozca a Ramón del Valle-Inclán. Es ese joven que 'apareció' un día en la Puerta del Sol, con larga melena, largas barbas, extravagantísimo sombrero de copa, un cuello enorme, una corbata formidable y un 'total' de extraña y singular realeza"».
 
Valle Inclán con el brazo amputado
GUERRA CON LA RAE Y SU PROTESTA FISIOLÓGICA 
 Si algo aborrecía el escritor era la burocracia cultural. Su desprecio por la Real Academia Española (RAE) era legendario. Cada vez que sus amigos intentaban proponerlo para el ingreso para aliviar su crónica bancarrota, los académicos lo vetaban por radical. A él le daba igual: llamaba a los académicos "burócratas del canon frío" y la leyenda madrileña asegura que, cada vez que pasaba por delante de la fachada de la institución, se desabrochaba los pantalones y orinaba contra sus muros como declaración de principios.
El anuncio de la colección "El libro para todos" destaca el lanzamiento de la obra La guerra carlista de Ramón del Valle-Inclán a un precio popular de seis reales. De este modo, se ofrecía al público una edición económica de un texto que en su formato corriente costaba quince pesetas, facilitando así la divulgación literaria del autor gallego. (Periodico Muchas Gracias de Madrid, 20 de abril de 1929)
 ODIOS VISCERALES A ECHEGARAY Y UNAMUNO
El callejero literario de la época estaba minado por sus enemistades. Su víctima favorita era José Echegaray, el primer Premio Nobel español, a quien Valle-Inclán consideraba el epítome de la cursilería burguesa. Don Ramón saboteaba sus estrenos riéndose a caricaturas en los momentos más trágicos de las obras y llegó a definirlo como «un viejo idiota que escribe con la misma lógica matemática con la que calcula un puente».
Tampoco se libró Miguel de Unamuno. Aunque compartían la etiqueta de la Generación del 98, sus almas eran incompatibles. Pío Baroja recordaba cómo, tras presentarlos en plena calle, no hicieron falta ni ochenta pasos para que ambos filósofos terminaran gritándose e insultándose a pleno pulmón en mitad de la vía pública. Valle-Inclán despachaba la mística de Unamuno diciendo que su literatura "olía a sopa de garbanzos".
 EL "JABALÍ" QUE QUISO REINAR EN ROMA
La política tampoco se libró de sus excentricidades. En 1931 se presentó a diputado por la izquierda republicana. Sus mítines eran un espectáculo de pirotecnia verbal contra los Borbones, lo que le valió el apodo de el "Jabalí de la Cámara", un término reservado para los políticos más asilvestrados e indomables. 
Para quitárselo de encima y darle un sueldo digno, el gobierno de la República lo nombró director de la Academia de España en Roma en 1933. Aquello fue el caos absoluto. Valle-Inclán se negó en redondo a firmar presupuestos, balances o facturas. Cuando Madrid le exigía las cuentas, él respondía enviando folios manuscritos donde describía la belleza de los atardeceres romanos. Gobernaba el centro como un señor feudal, expulsando del comedor a los becarios que le caían mal e ignorando por completo al gobierno fascista que controlaba el país. 
 GIRO POLÍTICO A LA IZQUIERDA PERO SIN DEJAR DE SER CARLISTA
La aparente contradicción entre la simpatía carlista de Valle-Inclán y su posterior despedida laica se descifra bajo una evolución personal única. En primer lugar, su adscripción al tradicionalismo nunca fue dogmática ni puramente teológica. Más bien respondía a una fascinación idílica y romántica por el heroísmo de los viejos tiempos, una pose casi poética con la que pretendía combatir el frío materialismo de la nueva burguesía liberal. Su célebre personaje, el marqués de Bradomín, lo dejaba claro al confesar que su defensa de la tradición nacía exclusivamente de la estética.
Con los años, esa mirada nostálgica no le impidió virar radicalmente hacia posiciones progresistas. Especialmente desde la década de 1920 y con el advenimiento de la Segunda República, el autor sintonizó abiertamente con el republicanismo y corrientes de corte anarquista, ganándose la confianza de un régimen que incluso le confió importantes responsabilidades institucionales. Sin embargo, a pesar de este evidente giro a la izquierda, Valle-Inclán se negaba a abandonar su vieja etiqueta; aseguraba que seguía siendo carlista porque, a su juicio, para que la justicia social que propone la izquierda sea verdaderamente posible, siempre tendrá que haber un carlista detrás. Esta particular filosofía explica también por qué siempre desligó su idealismo histórico de la Iglesia oficial, mostrando un anticlericalismo militante que chocaba de frente con el catolicismo integrista tradicional. Al final de sus días, el escritor se mantuvo fiel a esta independencia mental, rechazando cualquier rito religioso y exigiendo el entierro civil que clausuró su biografía.
 UN MAESTRAZGO QUE JAMAS PISARON
 Hay comarcas en España cuyo paisaje parece haber sido esculpido exclusivamente para la épica y la tragedia. El Maestrazgo fue el gran bastión carlista del siglo XIX, un territorio mítico que la literatura española inmortalizó con un realismo salvaje y una atmósfera magnética. Lo fascinante, aquello que roza el milagro estético, es que las dos plumas que mejor lo retrataron en las letras hispanas, Benito Pérez Galdós y Ramón María del Valle-Inclán, nunca llegaron a poner un pie en él
Para Galdós, el adalid del realismo analítico, el Maestrazgo era un escenario histórico riguroso que requería precisión de cirujano. En su novela La Campaña del Maestrazgo (1899), el escritor canario describió la orografía de pueblos como Cantavieja o Morella con una exactitud que engañó a los propios lugareños. Su técnica no fue la vivencia, sino un despliegue casi periodístico: devoró cartografía militar, devanó crónicas de guerra y entrevistó concienzudamente a viejos combatientes y arrieros. Galdós construyó el paisaje desde el archivo, demostrando que la documentación exhaustiva podía suplantar perfectamente la mirada física.
Valle-Inclán, por el contrario, abordó el territorio desde las antípodas estéticas. Para el genio del modernismo y el esperpento, fascinado por la mística y la violencia de las guerras carlistas, el Maestrazgo era un territorio del espíritu, un lienzo brumoso e indómito ideal para proyectar su prosa artística. Aunque evocó sus peñascos y fortalezas en obras como su trilogía de La guerra carlista o pasajes de sus celebradas Sonatas, don Ramón no necesitó viajar allí. Le bastó con su desbordante imaginación lírica y los relatos oídos en tertulias madrileñas para recrear la fiereza de una geografía que encajaba de forma milimétrica con el temperamento trágico de sus personajes.
 ESPERPENTO INCLUSO EL DÍA DE SU ENTIERRO
Revista Ahora del 1 de enero de 1936 
La tarde del domingo 5 de enero de 1936, la muerte aguardaba a Ramón María del Valle-Inclán en las estancias del Sanatorio de San Lorenzo, en Santiago de Compostela. A sus sesenta y nueve años, tras meses de reclusión en aquel centro médico privado, el indomable escritor claudicó ante el avance implacable de un cáncer de vejiga. Al día siguiente, bajo una lluvia torrencial, sus restos recorrieron el camino hacia el Cementerio de Boisaca.
El entierro de Ramón María del Valle-Inclán, celebrado bajo una incesante lluvia gallega en el cementerio compostelano de Boisaca, fue el reflejo perfecto de sus propias contradicciones y genialidades. A pesar de haber dejado claras instrucciones de recibir un entierro estrictamente civil, su figura era tan magnética que logró convocar a una comitiva insólita: allí se congregaron, compartiendo un silencio tenso, desde jóvenes militantes de izquierdas y anarquistas hasta los viejos tradicionalistas carlistas a los que el escritor tanto había cantado en su literatura. Todos acudieron a mostrarle sus respetos y despedirse de él, pero la tregua ideológica no duraría mucho.
El drama estalló en el momento más solemne. Cuando estaban a punto de sepultar el féretro, alguien —según las crónicas, un empleado de la funeraria o quizás uno de los asistentes tradicionalistas allí presentes— colocó una cruz de madera sobre la caja, desafiando la última voluntad anticlerical del genio.
Al ver el símbolo religioso, la indignación prendió de inmediato en las filas izquierdistas. Modesto Pasín Noya, un conocido zapatero compostelano y militante anarquista de la CNT, decidió intervenir para hacer respetar el deseo del difunto. Se abalanzó con furia sobre el ataúd para arrancar la cruz, pero el impulso fue tal que el desenlace tornó la tragedia en comedia. Al tirar de la madera con demasiada fuerza, Pasín perdió el equilibrio: la tapa del féretro se rompió por el impacto, el cadáver del escritor quedó parcialmente al descubierto ante el espanto de los presentes y el propio anarquista cayó rodando directamente al interior de la fosa.
La solemne comitiva se transformó en un segundo en una escena caótica y tragicómica. Los lamentos se suspendieron en seco y los enemigos ideológicos tuvieron que reaccionar al unísono para rescatar al maltrecho anarquista del hoyo. En su último minuto sobre la tierra, la realidad terminó imitando al arte, regalándole a Valle-Inclán el entierro más "esperpéntico" imaginable.  Al enterarse de su muerte, su viejo enemigo Unamuno escribió unas palabras que, sin quererlo, sirvieron como el epitafio perfecto para el genio gallego: su obra cardinal no fue su literatura, sino el asombroso personaje que decidió ser cada día de su vida.
 
Tumba de Ramón María del Valle-Inclán en el cementerio de Boisaca
ÉTICA Y ESTÉTICA
 Ramón del Valle-Inclán fue un eximio escritor y estrafalario ciudadano que habitó en la paradoja: según él mismo decía, fue carlista por pura estética, amando febrilmente el Maestrazgo carlista sin haberlo pisado jamás, y de izquierdas por ética.Hay amores literarios que se quedan sin geografía compartida. Aunque el genio entregó su devoción a la bravura del Maestrazgo, la comarca parece haber olvidado el idilio. Ni en la villa más altiva ni en el pueblo más discreto de nuestras tierras resuena hoy el eco de su nombre. Es hora de romper este silencio de piedra y olvido. El Maestrazgo y Els Ports merecen abrazar, al fin, al escritor que los amó en el mito. Otorgar su nombre a una de nuestras calles sería el homenaje perfecto: un acto de ética con nuestra historia y de estética con nuestra propia identidad.
 

FUENTES:

  • Heraldo de Madrid. — Nota oficial del Gobierno sobre la detención de Valle-Inclán. 11 de abril de 1929. [Hemeroteca Digital BNE].
  • La Correspondencia de España. — "El distinguido escritor D. Ramón del Valle-Inclán ha sufrido... la amputación". 11 de agosto de 1899. / Parte médico del Dr. Manuel Barragán y Bonet, Casa de Salud Santa Teresa, 12 de agosto de 1899.
  • Muchas Gracias (Madrid). — Anuncio colección "El libro para todos" - La guerra carlista. 20 de abril de 1929. [Hemeroteca Digital BNE].
  • Ahora (Madrid). — Crónica del entierro de Valle-Inclán. 7 de enero de 1936. [Revista Ahora, 1 de enero de 1936].
  • Valle-Inclán, Ramón María del. — Los cruzados de la causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909), Gerifaltes de antaño (1909).
  • Alberca, Manuel. — Valle-Inclán, sin leyendas. Biografía.
  • Santos Zas, Margarita. — Introducción a la vida y obra de Valle-Inclán. Cátedra Valle-Inclán - Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
  • Díaz-Plaja, Guillermo. — Las estéticas de Valle-Inclán. Simbología y síntesis.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


 
 
 
 
 
 

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