domingo, 5 de julio de 2026

 EL PIRATA ARRIA EN BANDA

JOHN J POLO 

 Recreación del Pirata Arria en Banda, de la Primera Guerra Carlista en la desembocadura del río Ebro. La imagen evoca los bloqueos y desembarcos en Los Alfaques, Vinarós, Benicarló y Peñiscola durante la contienda del siglo XIX. Ilustración generada mediante Inteligencia Artificial por  el autor del articulo (2026).

"Yo no sirvo para la montaña, dadme barcos y dejadme en las riberas del rio o en la playa de Los Alfaques."

Felipe Calderó "Arria en Banda"

Comandante de Marina del  distrito de Tortosa 

 

El 15 de marzo de 1812, en alguna casa de Vinarós, un hombre exhalaba su último suspiro. Junto al lecho de muerte, envueltos en el desamparo, lloraban su esposa y sus tres hijos pequeños.
 El fallecido era José Cabrera Ciscar, un respetado patrón de barcos dedicados al cabotaje de las matrículas de Tortosa y Vinarós. Su patrimonio, levantado a base de esfuerzo, se concentraba en un falucho de 25 toneladas y otras embarcaciones menores. La guerra y la feroz entrada de los franceses en Tortosa habían obligado a la familia a instalarse en Vinarós. Allí, la enfermedad truncó la vida del marinero, tal y como dejó constancia su acta de defunción:
«Josef Cabrera, vecino de la villa de Vinaroz, consorte de María Griñó y natural de Tortosa, recibió los santos sacramentos de confesión, viático y extremaunción. Murió el día 15 del mes de marzo del año mil ochocientos doce, y al día siguiente fue enterrado en el cementerio».
Al lado del cuerpo quedaba Ana María Griñó Diñé, una mujer de Tortosa recordada en el barrio de pescadores por su temple y buen carácter. Aferrados a ella estaban sus hijas, Bienvenida y María, y el menor, un niño de apenas seis años llamado Ramón. Nadie en aquella casa de Vinarós, donde tres niños habían quedado huérfanos de padre, podía vislumbrar que ese pequeño huérfano llamado Ramón se convertiría, años más tarde, en el  General Cabrera, se casaría con la rica aristócrata londinense Marianne Catherine Richards y que al acabar la primera guerra carlistas se exiliaría a Londres para terminar allí sus días.
 Bienvenida se casaría con el brigadier carlista cordobés Juan de Dios Polo y Muñoz de Velasco, que al terminar la primera guerra carlista se exiliaría a Lyon (Francia) con Bienvenida, y con respecto a María se casaría con un teniente carlista del batallón de Cabrera, llamado Domingo Fort Arnau, natural de Benicarló, María y su esposo también se exiliaron al terminar la guerra en Lyon (Francia).
Pero el destino de la viuda María Griñó, fue mucho mas cruel y sangriento. 
 Tras pasar una temporada en Vinarós, María Griñó decidió regresar con sus hijos a Tortosa. El destino la aguardaba allí: dos años después se volvería a casar en segundas nupcias con el hombre que  protagoniza este articulo : El Pirata Arria en Banda.
 FELIPE CALDERÓ NICOLAU, ARRIA EN BANDA
Tortosa en la época de Felipe Calderó 
  
Felipe Calderó, apodado «Arria en banda» (antes de que su apodo mudara al de «El Pirata Calderó»), nació en Tortosa y compartió con José Cabrera el oficio de patrón en las matrículas de Tortosa y Vinarós. Ambos hombres habían sido unidos por una vieja amistad. Decían las crónicas de la época que Calderó figuraba entre los más insignes marinos que jamás hubiesen navegado en las aguas del Reino de Valencia.
Mientras su familia residía en Morella, él permanecía soltero y entregado al cortejo de una joven de Alcanar. Cuentan algunas crónicas que la mujer, tras despojarlo de cuanto pudo obtener, lo abandonó para desposarse con un vecino de Vinaròs. Decepcionado y con el corazón quebrado, Calderó regresó a Tortosa. Allí halló consuelo en María Griñó, a quien pidió en matrimonio. María aceptó, además, tras contraer estas segundas nupcias en 1816, Felipe Calderó se convirtió en el padrastro de los hijos del primer matrimonio de María con el difunto José Cabrera. Los crió y amó como si fueran propios, convirtiéndose así en el mentor y padre adoptivo del que más tarde sería el famoso general carlista Ramón Cabrera.
ASESINATO DE MARÍA  GRIÑÓ
Estalla la primera guerra carlista en el mes de octubre de 1833,  Ramón Cabrera, lideró con éxito la resistencia carlista en la zona, convirtiendo el Maestrazgo en un bastión inexpugnable mediante tácticas de guerrilla y la fortificación de Morella. En febrero de 1836, las autoridades liberales, incapaces de frenar sus victorias, detuvieron a su madre, María Griñó en Tortosa, con la única acusación de ser la madre del general. El infame brigadier Nogueras ordenó el fusilamiento de Maria Griñó, orden que fue ratificada por el general Espoz y Mina.
Antes de este crimen de guerra, Cabrera había solicitado por carta en varias ocasiones a su padrastro Felipe Calderó Arria en Banda, que se uniera a la causa legitimista, intentos que resultaron inútiles. El fusilamiento de su madre desató una brutal espiral de violencia y represalias de sangre en toda la región. Fusilada la esposa de Felipe Calderó, esta vez si se unió a las tropas carlistas que comandaba su hijastro Cabrera.
Fusilamiento de María Griñó, esposa de Felipe Calderó Arria en Banda
 (Del periodico El Siglo Futuro, año 1936), con motivo del centenario del fusilamiento.
 
El texto íntegro y literal del oficio dictado por el brigadier liberal Agustín Nogueras el 8 de febrero de 1836, enviado al gobernador militar de la plaza de Tortosa, dice textualmente lo siguiente: 
"En su consecuencia, ruego a V. S., por el bien que ha de resultar al servicio de la reina, mande fusilar a la madre del rebelde Cabrera, dándole publicidad en todo el distrito, prendiendo ademas a sus hermanos o hermanas debiendo V. S. mandar fusilar a las mujeres, padres o madres de los cabecillas de Aragón que cometan iguales atentados que Cabrera, para que lo haga saber por vereda a todos los pueblos de este corregimiento."
El Capitán General de Cataluña, Francisco Espoz y Mina, respaldó esta orden, instruyendo al gobernador de Tortosa para que "llenara y cumpliera" dichos deseos. 
Como resultado, Ana María Griñó fue ejecutada en Tortosa el 16 de febrero de 1836, con el único cargo de ser madre.
Así narró el historiador y escritor  J.E. Casariego en 1936, el fusilamiento de María Griñó  :

"María Griño estaba enferma en su celda, casi ciega, no podía tenerse en pie, solo quería antes de morir despedirse de su esposo e hijos y confesarse. Entre dos soldados la llevaron en volandas al suplicio, y como no podía tenerse de pie la sentaron en una silla.  Formó el pelotón. Sonaron las recias voces de mando, cayó el sable del oficial y cuatro balas consumaron el crimen, cebándose en las débiles carnes de María...Pero esto, con ser muchísimo en horror, no lo fue todo. Las autoridades liberales llevaron su crueldad hasta términos inconcebibles. Impidieron que su víctima recibiese los Auxilios Espirituales  (aunque la acompañó un sacerdote de la cárcel al suplicio no le permitieron hablar con él ni comulgar), ni la dejaron hacer testamento, ni tan siquiera despedirse de sus hijos, ni escribir una sola letra a su hijo Ramón".
 
 
 
En el nicho 75-2 de la Sección C del Cementerio nuevo de Tortosa, se hallan los restos de María Griñó .El Ayuntamiento de Tortosa instaló oficialmente la lápida el 17 de marzo de 2022. El acto reparó una incógnita histórica de 186 años, después de que una investigación periodística e institucional localizara formalmente sus restos. (fotografía del autor de este articulo)
DIECISIETE  MILLAS NÁUTICAS
  ROL DE LA MARINA VINAROCENSE EN 1848,  cuatro años después de terminar la primera guerra carlista,una realidad queda clara al mirar el escenario del siglo XIX: Vinaròs se posicionaba en la élite marinera de España, impulsada por la enorme fuerza de su actividad pesquera y comercial. (solo se muestran en este rol las embarcaciones que podían ser requisadas en caso de una nueva guerra)
El litoral mediterráneo, en el tramo donde el norte de Castellón se funde con el Delta del Ebro, se convirtió en un escenario crucial de la Primera Guerra Carlista. Ante la carencia absoluta de una flota de guerra oficial, la estrategia naval de la causa dependió por entero de la audacia local y del control de embarcaderos clave. En este contexto de precariedad, la figura de Calderó —patrón de las matrículas de Tortosa y Vinaròs— emergió como la pieza central sobre la que bascularía toda la infraestructura marítima insurgente.
El general Cabrera, consciente de su valía, acogió a su padrastro bajo el amparo de las filas carlistas. Reconociendo el viejo oficio marinero que Calderó llevaba en las venas, le encomendó el dominio absoluto del mar. Le proveyó de caudales y hombres con una misión titánica: levantar astilleros de la nada. El plan era tan ambicioso como asfixiante: tejer un cerco naval sobre diecisiete millas de costa. Una tenaza marítima diseñada para ahogar el comercio liberal desde los arenales de los Alfaques y el puerto de Vinaròs, hasta Benicarló y los pies de la imponente roca de Peñíscola.
Bajo la dirección de Cabrera, Calderó asumió un liderazgo forjado en la improvisación y un conocimiento milimétrico del terreno, desafiando las carencias mediante tres pilares:
  • Construcción artesanal: Desafió la lógica militar intentando fabricar sus propias embarcaciones de forma clandestina en Amposta para armar a sus hombres.
  • Accidentes de campaña: La fatalidad y la pólvora marcaron su travesía. Durante las pruebas de armamento en una lancha, la violenta explosión de un cañón partió la estructura en dos; un incidente que casi le cuesta la vida, pero que no logró frenar sus planes.
  • Reconocimiento propagandístico: Su temeridad y su constante hostigamiento a las fuerzas liberales desde el mar resonaron con fuerza en la época. Su nombre y sus hazañas llegaron a las páginas de la Gaceta Extraordinaria de Madrid.
La repercusión de este frente costero quedó inmortalizada en la prensa. En julio de 1839, la misma Gaceta Extraordinaria publicaba una crónica sobre la reacción de los milicianos movilizados de Vinaròs ante los planes carlistas: «A beneficio de una marcha rápida y de la oscuridad de la noche, entraron en Rosell e incendiaron un buque de 60 pies de quilla, preparado para botar al mar...». Un golpe audaz con el que, según confirmaban los periódicos de la época, se lograba frustrar temporalmente la tenaza marítima de Calderó.
Pero Calderó le dijo a Cabrera, con la crudeza propia de quien conoce la urgencia del mar, sentenció que el tiempo no concedía tregua para levantar astilleros ni serrar maderas. No había horas para fabricar barcos de la nada; la soga apretaba y la guerra exigía audacia. Le propuso a Cabrera la única salida viable: no construir la flota, sino arrebatársela al enemigo. Había que arrancar los navíos de los puertos liberales y hacerlos navegar bajo su propia bandera. 
 Cabrera  sopesando el pragmatismo feroz de su padrastro. No hizo falta convencerlo; el general, hombre de acción y de decisiones fulminantes, dio su aprobación. Comprendió de inmediato que la audacia de Calderó era el único camino hacia la victoria. Cabrera bendijo la estrategia: no gastarían fuerzas en astilleros imposibles, sino que se lanzarían a una guerra de corso. El general dio carta blanca a Calderó para vaciar las bahías enemigas, convirtiendo los barcos liberales en el puño marítimo del carlismo.
El bautismo de sangre de esta nueva estrategia no se hizo esperar. Durante una de aquellas incursiones destinadas a confiscar la flota liberal —un violento choque que las crónicas sitúan azarosamente entre las aguas de Los Alfaques y las inmediaciones de Vinaròs—, (según Sebastián Sech  un prolífico escritor, periodista y propagandista liberal del siglo XIX fue en Vinarós) se desató una auténtica carnicería. Calderó combatió en primera línea y estuvo a punto de perder la vida. El rebote de una bala perdida le vació un ojo y, poco después, el tajo brutal de un sable enemigo le desfiguró el rostro de por vida. Evacuado de urgencia a Tortosa en un intento desesperado por salvarlo, los cirujanos tuvieron que amputarle también dos dedos de la mano.
Aquella terrible prueba modificó su carne, pero no su voluntad. Cuando logró restablecerse de las heridas, Calderó regresó al frente luciendo un recio parche de cuero para cubrir la cuenca vacía. El hombre que volvió del hospital ya no era el mismo: con el rostro surcado por profundas cicatrices, la mirada mutilada y la mano incompleta, su sola presencia infundía un respeto sombrío. Fue entonces cuando las gentes de la costa decidieron sepultar en el olvido su viejo sobrenombre de Calderó Arria en Banda. La leyenda lo había transformado, y el litoral mediterráneo lo rebautizó para siempre con un apodo que infundiría el terror entre los liberales: El Pirata Calderó.
 La prensa isabelina de la época, se consagraba a una doble misión: demonizar al bando carlista y empequeñecer sus victorias para legitimar así las represalias del gobierno. Entre sus páginas impregnadas de propaganda, ya habían fijado su implacable punto de mira sobre el Pirata Calderó :
" No era un navegante, era un carnicero de alta mar, tosco, desfigurado, analfabeto. Un ladrón implacable cuyo único dios era el oro ajeno y cuya única pasión era la violencia. Su mirada restante destilaba una sed de sangre insaciable, no buscaba solo someter a sus rivales, sino borrarlos de la existencia. Cada uno de sus pasos anunciaba su llegada con un eco fúnebre.."
 La prensa gubernamental isabelina contra los carlistas fue un aparato de propaganda agresiva, caricaturesca y militante. Su estrategia principal consistió en deshumanizar al enemigo, retratando a las fuerzas tradicionales carlistas como huestes salvajes, clericales y enemigas del progreso, utilizaba el escándalo y el relato exagerado para apelar a las emociones del pueblo, Minimizaba u ocultaba las victorias carlistas para no desmoralizar a la población liberal, y presentaba las represalias y la dureza del gobierno como medidas necesarias para "civilizar" un  país centralista sin fueros que pretendían los isabelinos. Desde luego, el bando carlista no estuvo exento de excesos, pero sus actos no resultaron más ni menos crueles que los del bando isabelino.
 Dos vinarocenses atacaban ferozmente a Cabrera y a Calderó con sus escritos literarios y políticos. Wenceslao Ayguals arremetía contra Cabrera, firmando siempre sus textos con nombre y apellidos; en cambio, Sebastián Sech Forner arremetía contra Calderó, ocultando sistemáticamente su identidad bajo diversos seudónimos.
 El periódico La España publicaba en 1838: Felipe Calderó, alias «Arria en banda». Este hombre autoproclamado comandante de marina, pero en realidad ejerce la piratería.  Hace tres meses, Calderó robó tres barcos en el puerto de Vinaroz y los trasladó hasta Los Alfaques. Allí, el ejército liberal logró recuperar las embarcaciones y capturar a Francisco María de Palacio, el mejor amigo del pirata, quien fue trasladado como prisionero a Vinaroz. El diario añadía que Calderó envió misivas a las autoridades isabelinas de esa localidad exigiendo la liberación de su amigo; de lo contrario, amenazaba con regresar a Vinaroz para atacar esta vez por tierra y mar.
 
  "Relación que manifiesta las raciones de carne y vino suministradas por dicho pueblo á cuerpos del ejército en el referido trimestre". Su función era registrar formalmente los suministros de subsistencia (vituallas) que un municipio concreto entregaba a las tropas destinadas o de paso por su territorio durante los tres primeros meses del año. Este control se repartía por el gobierno isabelino a todos los ayuntamientos afectados por la Primera Guerra Carlista para que, posteriormente, el Gobierno liquidara los gastos ocasionados.
 Documento original de 1833, propiedad del autor de este articulo.
¡AL ABORDAJE ! 
Durante la Primera Guerra Carlista, las ciudades liberales incomunicadas por tierra enviaban pliegos y cartas desesperadas para solicitar víveres, municiones y tropas de refuerzo. Toda la correspondencia militar con Castellón, Valencia, Tarragona o Barcelona, así como las solicitudes de medicinas y la evacuación de heridos, se realizaba mediante faluchos y laúdes. Estas embarcaciones zarpaban al amparo de la noche para evitar que las patrullas terrestres del general Cabrera interceptaran los mensajes. En el mar, el pirata Calderó  se encargaba de hundir los laúdes o cualquier navío sospechoso de pedir auxilio. 
Para controlar la desembocadura del Ebro, los carlistas empleaban lanchas cañoneras y faluchos armados. Capturar un barco correo enemigo constituía un gran triunfo militar; interceptar los pliegos permitía conocer de antemano los planes de la ofensiva liberal o el nivel de desabastecimiento de las plazas asediadas. Mientras el general Cabrera dominaba el Maestrazgo interior, Calderó imponía su ley en el litoral, abordando de manera implacable todo tipo de embarcaciones a lo largo de las diecisiete millas náuticas bajo su control.
La mayoría de los laúdes hundidos procedían de Vinaròs y Peñíscola. En esta última localidad existía un activo apoyo encubierto a la causa carlista. A pesar de ser una plaza abiertamente liberal custodiada por tropas foráneas, la mayor parte de sus habitantes —pescadores y labradores— simpatizaban con los rebeldes. De hecho, muchos habían huido de la fortaleza para ingresar en el ejército carlista, y Cabrera destinó a todos los pescadores peñiscolanos evadidos a la flota de su padrastro. Las guardias y emboscadas marítimas de Calderó en sus diecisiete millas de jurisdicción, donde hundía laúdes sospechosos y civiles por igual, desataron tal agresividad que lograron paralizar por completo el tráfico mercantil liberal. La correspondencia interceptada se convirtió en una fuente de inteligencia militar crucial sobre las tropas de Isabel II.
El culmen de estas operaciones marítimas tuvo lugar en 1837, cuando el pirata Calderó atacó un convoy de trece barcos mercantes en Los Alfaques. En una audaz maniobra, logró capturar cuatro de ellos y hundir otros tres. Los navíos iban cargados con suministros vitales destinados a abastecer a las necesitadas guarniciones de la costa.
 El pirata Caldero no reclutaba su armada en las tabernas de la baja estofa, sino en el corazón mismo del oleaje. Su temible flota se había forjado con la piel curtida y el coraje de los pescadores alzados de los Alfaques, los pescadores recios huidos  de Vinaròs, de los hombres de Benicarló que sabían domar la tramontana, y de los rudos marineros que crecieron a la sombra de la roca de Peñíscola que querían ser carlistas. Aquella ya no era una tripulación ordinaria, De la vigilia silenciosa para alimentar a su familia, pasaron a la rítmica coreografía de la pólvora y el abordaje. Ya no perseguían bancos de peces sino el rastro negro de las escuadras enemigas. La sencillez de la barca pesquera quedó sepultada bajo la soberbia de los navíos de línea, donde el viento ya no era un aliado para la supervivencia, sino un motor para la guerra.
  En Rosell, los milicianos de Vinarós incendiaron un buque a punto de botar, desatando una persecución armada, mientras que en la playa de la Rápita  El Pirata Calderó se apoderaban de barcas varadas para transformarlas en lanchas cañoneras. Con esta improvisada flotilla, los carlistas sembraron el peligro en las aguas del delta, apresando cargamentos de harina y arroz y asfixiando el comercio de Amposta a La Gola, lo que obligó a los navíos de Tortosa a navegar bajo la constante sombra de una escolta armada. Calderó, que se sabía hombre de mar y repetía que la montaña no era su escenario, organizó compañías de infantería con los marinos de la costa y una sección de caballería para custodiar las orillas del Ebro y las playas de los Alfaques. En el verano de 1839, mientras intentaba poner a salvo un alijo de sal de las salinas para llevarlo a Ulldecona, los lanceros liberales del mando de Reverter le dieron caza en un choque sangriento. La fortuna volvería a sonreírles a finales de ese año cuando, aliados con las partidas de Mora y Porres, emboscaron a un convoy liberal en un Ebro crecido y hostil, logrando arrebatar dos barcos al enemigo a pesar de la intensa fusilería. 
EL GULNARE (LA FLOR DEL GRANADO)
La épica del contrabando de guerra alcanzó su cénit el 7 febrero de 1839, cuando los agentes del general Cabrera compraron en Inglaterra un formidable arsenal de treinta mil fusiles. El navío británico Gulnare  llegó a los Alfaques cargado con el secreto, pero solo con 10.000 fusiles, la entrega había que hacerse en tres envios, y Calderó acudió en la oscuridad con tres barcas para el transbordo; no obstante, el alba y los faluchos liberales frustraron la operación, capturando el bergantín y dejando a los carlistas con apenas un centenar de armas rescatadas. 
 De cualquier modo, lo evidente es que el bando isabelino tuvo constancia de la arribada del buque antes que los carlistas.
 El mosquete Brown Bess es un arma de chispa de calibre .75. El general Cabrera compró 30 000 unidades de este modelo a Inglaterra, pero solo 10 000 llegaron al delta del Ebro. Al final, prácticamente todas acabaron en manos isabelinas.
 El capitán y la tripulación del Gulnare, fueron arrestados, eran todos todos ingleses, afrontaban una pena de hasta diez años de prisión en el correspondiente juicio. Sin embargo, fueron finalmente absueltos debido a que España no estaba en guerra con Inglaterra. Por su parte, el barco, que se declaró «buena presa», fue vendido en pública subasta el 14 de diciembre de 1840 con sus velas y aparejos, mientras que sus fusiles se entregaron al ejército isabelino.
De no haber capturado los isabelinos  el Gulnare, posiblemente el destino final de la guerra hubiera sido otro. 
 El asedio y el ocaso a la flotilla carlista del Pirata Calderó fue brutal. A partir de la firma del Convenio de Vergara en agosto de 1839, las fuerzas carlistas del norte se rindieron, permitiendo que el masivo ejército liberal del general Baldomero Espartero se concentrara exclusivamente en aplastar el reducto del Maestrazgo, liderado por Cabrera. Aislado en tierra y acosado por mar por los buques de la Armada gubernamental, el dominio marítimo de Felipe Calderó comenzó a desmoronarse, perdió sus bases costeras. Las tropas isabelinas reconquistaron los puntos de apoyo carlistas en el Delta del Ebro, privando a las lanchas de Calderó de refugio y suministros. Destruyeron toda su flota sin la posibilidad de reparar sus barcos ni conseguir pólvora, los faluchos carlistas fueron interceptados, hundidos o saboteados. La constante presencia de los bergantines y goletas liberales terminó por destruir aquellas diecisiete millas náuticas del Pirata Calderó, devolviendo el control del mar al gobierno isabelino. Llego el final de la guerra y el exilio. En mayo de 1840, ante la caída de la capital carlista de Morella y el colapso total de las defensas del Maestrazgo, la resistencia carlista llegó a su fin. Despojado de sus barcos y de su dominio costero, Felipe Calderó se vio obligado a deponer las armas y emprender el camino del exilio hacia Francia junto a su hijastro Ramón Cabrera y el resto de los supervivientes de su familia. Su audaz aventura como el único y temido marino del carlismo en el reino de Valencia terminaba así, con sus lanchas desmanteladas y las aguas del Mediterráneo pacificadas bajo el pabellón de Isabel II.
La imagen es un dibujo histórico original del siglo XIX recopilado en el archivo del Servicio Histórico Militar de España

Tras la caída del Maestrazgo, más de 25 000 combatientes y civiles carlistas cruzaron la frontera hacia Francia de forma masiva y desorganizada. Las autoridades francesas distribuyeron a los exiliados en diferentes depósitos, fortalezas y comunas de los departamentos del sur —como Ariège, Alto Garona o Pirineos Orientales—, donde muchos heridos y ancianos murieron en el anonimato o quedaron registrados en archivos locales de difícil acceso.
 Aunque Francia había respaldado la causa isabelina, toleraba el asilo de los carlistas en su territorio. El gobierno francés ejercía un estricto control sobre todos los líderes rebeldes, sometiéndolos a una rigurosa vigilancia. El caso de El Pirata Calderó resultaba especialmente curioso debido a la naturaleza de su restricción: (periódico francés La Quotidienne)
 « Il est permis à Felipe Caldero de circuler en toute liberté dans l'intérieur du territoire français, lui étant néanmoins rigoureusement interdit de s'approcher des lignes côtières de la France. »
 "Se permite a Felipe Calderó transitar con absoluta libertad por los confines interiores del suelo francés, quedándole rigurosamente vedada, no obstante, toda aproximación a las líneas costeras de Francia"
 El destino final del guerrero no tuvo el estruendo de los cañones, sino el silencio del exilio. En 1841, expiraba lejos de su patria Felipe Calderó Nicolau, el temido «Pirata Arria en banda». Las crónicas vacilan y se pierden entre Lyon y Marsella al buscar el lugar exacto de su último aliento, pero la geografía de su gloria permanece intacta. Con su muerte, se cerró el capítulo del más audaz corsario carlista, el marino que convirtió las órdenes del general Cabrera en ley absoluta sobre el mar. Su nombre quedará por siempre ligado a las diecisiete millas náuticas que dominó durante cuatro años sin rival: las aguas mediterráneas que bañaban Los Alfaques, Vinarós, Benicarló y Peñíscola.
 
Fuentes y Bibliografía
Prensa Histórica (Siglo XIX)
  • Gaceta de Madrid (Extraordinaria)
  • Diario Mercantil de Valencia
  • La España
  • El Observador
  • La Quotidienne (prensa francesa)
Prensa Histórica (Siglo XX)
  • El Siglo Futuro
  • Semanario Vinaroz
Archivos e Instituciones Consultadas
  • Servicio Histórico Militar de España
  • Instituto de Historia y Cultura Naval (Armada Española)
Bibliografía y Documentos
  • Casariego, J. E.
  • Casas, Eduardo. El apresamiento del Gulnare.
  • Sech Forner, Sebastián (1801-1867). Colaboraciones en prensa.
  • Un Emigrado del Maestrazgo. Vida y hechos de los principales cabecillas facciosos de las provincias de Aragón y Valencia.
  • Verdades Tradicionalistas (publicación, folleto doctrinal)


  EL PIRATA ARRIA EN BANDA JOHN J POLO      Recreación del Pirata Arria en Banda, de la Primera Guerra Carlista en la desembocadura del río ...